Productividad creciente y aprendizaje menguante

El ajuste en los puestos de entrada ya está en marcha. No llega como un anuncio ruidoso ni como una ola de despidos visibles, sino como una decisión silenciosa que se repite en empresas muy distintas entre sí. Menos contratación junior. Más cautela al abrir posiciones de entrada. El dato resulta incómodo porque no encaja con la narrativa habitual: la economía no está colapsada, la productividad sigue creciendo y la adopción de inteligencia artificial avanza a buen ritmo. Aun así, el primer escalón del mercado laboral empieza a encogerse.
Este fenómeno no aparece en un contexto de crisis abierta. Al contrario. Muchas organizaciones han aprendido a crecer sin ampliar plantillas, apoyándose en automatización y en herramientas que absorben trabajo que antes justificaba nuevas incorporaciones. Lo que se reduce no es el empleo en abstracto, sino el espacio donde se aprendía trabajando. El debate, por tanto, no es si la IA elimina puestos, sino qué ocurre cuando desaparece la rampa formativa pagada y nadie parece dispuesto a reconstruirla.
El pipeline junior como sistema, no como puesto
El empleo junior se ha visto tradicionalmente como una categoría estable, casi natural. En realidad nunca lo fue. Funcionaba como un sistema informal de aprendizaje distribuido: tareas repetitivas, supervisión cercana, margen para el error y exposición gradual a decisiones más complejas. Ese conjunto permitía adquirir oficio sin nombrarlo como tal. El puesto importaba menos que el recorrido.
La automatización rompe ese equilibrio. No porque elimine el rol de entrada de un día para otro, sino porque desacopla productividad y aprendizaje. Las tareas que antes justificaban la presencia de perfiles junior pasan a resolverse por sistemas automáticos o semiautomatizados. El puesto puede seguir existiendo, pero su contenido cambia. Ya no enseña lo mismo. En muchos casos, deja de enseñar.
Lo que antes era una escalera con peldaños visibles empieza a parecerse más a un salto. El itinerario no desaparece, pero se estrecha y se vuelve menos explícito. Para quien entra, el problema no es solo acceder, sino entender cómo se progresa.
Automatizar tareas es fácil; automatizar el juicio no
Aquí aparece una tensión menos evidente. La IA es eficaz absorbiendo tareas delimitadas, pero no produce juicio. El problema es que buena parte de ese juicio se entrenaba precisamente al ejecutar tareas simples bajo supervisión. Clasificar, revisar, registrar o documentar no eran actividades nobles, pero sí formativas. Permitían aprender cómo se toman decisiones y dónde fallan los sistemas.
Cuando esas capas se automatizan, el junior entra directamente en zonas grises. Se le pide criterio antes de haberlo adquirido. Se espera autonomía donde antes había acompañamiento. La diferencia entre capacidad por tarea y autonomía por trabajo se vuelve central. Saber resolver un encargo puntual no equivale a comprender el contexto en el que ese encargo tiene sentido.
El nombre del rol no cambia, pero la exigencia sí. Y ese desajuste genera fricción. No tanto porque las personas no puedan adaptarse, sino porque el proceso de adaptación pierde estructura.
Ansiedad técnica como síntoma cultural
La ansiedad que se observa en comunidades técnicas no surge de la ignorancia ni del rechazo automático a la tecnología. Aparece cuando se rompe una narrativa de progreso que había funcionado durante años. El modelo implícito era claro: aprender junto a sistemas más avanzados, ganar autonomía progresivamente y asumir responsabilidad cuando el criterio ya estaba formado.
Ese relato se sostenía mientras existía supervisión real y margen de aprendizaje. Cuando la IA actúa antes de que el humano haya recorrido ese trayecto, la narrativa se quiebra. El ideal del trabajador aumentado deja de ofrecer seguridad porque ya no hay un espacio claro para convertirse en ese trabajador.
El miedo no apunta a la herramienta, sino a la pérdida de un itinerario comprensible. No se teme a la automatización, sino a la ausencia de un suelo desde el que despegar.
Más especialistas arriba, menos tránsito abajo
Mientras el acceso se estrecha por abajo, la demanda de perfiles muy cualificados no deja de crecer. Ingenieros de seguridad, especialistas en sistemas complejos, perfiles capaces de evaluar y gobernar modelos avanzados. El mercado no se vacía; se polariza. Se reorganiza por niveles de autonomía real.
El problema no es la especialización en sí. Es la desaparición de trayectorias intermedias que la sostengan. Cuando las empresas optan por no contratar perfiles junior porque ya no los necesitan para tareas básicas, están tomando una decisión eficiente a corto plazo. Pero también están cerrando canales de formación que antes se daban por supuestos.
El resultado es un embudo silencioso. Arriba hay oportunidades exigentes; abajo, menos puntos de entrada. En medio, un vacío difícil de atravesar sin apoyos externos.
Si el junior ya no entrena juicio, ¿dónde se adquiere?
Esta es la pregunta incómoda. El juicio no se simula con facilidad. Se adquiere por fricción, por exposición a errores y por corrección situada. Si el trabajo productivo deja de ofrecer ese espacio, alguien tendrá que asumir su coste. La cuestión es quién.
Algunas organizaciones exploran modelos de aprendizaje tutelado, entornos controlados o evaluaciones más situadas. Otras trasladan la carga al individuo, esperando que llegue formado desde fuera. El sistema educativo, por su parte, no ha resuelto cómo reproducir experiencias que antes ocurrían dentro del trabajo real.
No hay un sustituto claro del itinerario junior tradicional. Solo intentos parciales. Y mientras tanto, el acceso deja de ser gradual.
El aprendizaje como coste invisible del mercado
El mercado laboral no se está destruyendo. Se está reordenando por arriba. Crece la productividad, se consolida la automatización y se reduce la necesidad de incorporar perfiles en formación. El riesgo no es perder empleo en abstracto, sino perder la forma en que se aprendía a ejercerlo.
Cuando el primer escalón deja de enseñar, el talento no desaparece. Se concentra. Y lo que queda en el aire no es una pregunta tecnológica, sino estructural: cómo se forma criterio en un sistema que ya no lo produce de manera espontánea.