Lo que cambia cuando el freelance puede ser un alter ego de IA

En los últimos meses han aparecido varios casos de freelancers falsos publicando en medios de prestigio. Margaux Blanchard vendió reportajes a The Guardian. Victoria Goldiee colocó piezas en The Local. Ambos perfiles eran construcciones: identidades ficticias que producían contenido probablemente generado por IA. Los textos pasaron filtros editoriales. Se publicaron. Se pagaron. El problema no fue detectado por los editores, sino señalado desde fuera.
El problema no es detectar texto generado
La reacción inmediata fue tratar esto como un problema de detección: necesitamos mejores herramientas para identificar texto generado por máquinas. Pero esa es una lectura incompleta. El texto generado no es el problema central. El problema es que ya no sabemos verificar el proceso.
Un editor contrata a un freelancer porque confía en que ese profesional hizo el trabajo: habló con fuentes, verificó datos, aplicó criterio editorial. Ese proceso implica tiempo invertido, exposición a riesgos, asunción de responsabilidad sobre errores. No es solo producción de texto: es ejercicio de criterio bajo condiciones reales. La confianza no se construye solo leyendo el resultado final. Se construye conociendo trayectorias, revisando trabajos anteriores, evaluando cómo responde el freelancer a pedidos de ajuste.
Pero GenAI permite generar un alter ego completo: portfolio falso, identidad digital coherente, textos que suenan creíbles. La arquitectura de confianza del mercado freelance se diseñó asumiendo que la identidad era verificable y que el texto reflejaba un proceso de trabajo real. Esas dos premisas ya no se sostienen por defecto.
El Reuters Institute encuestó a 45 freelancers y commissioning editors en varios países. Muchos reportan que GenAI les ayuda a trabajar más rápido. Eso es esperable y no es, en sí mismo, un problema. El problema aparece cuando la misma herramienta que hace eficiente al profesional legítimo también hace viable al oportunista que nunca salió de su casa. Hassel Fallas, periodista freelance y editora en Costa Rica, lo dijo directamente: «Lo más peligroso es la tentación de producir contenido barato sin reporting ni verificación sólida. Eso es lo que más me preocupa».
El incentivo económico no nace con la IA
El incentivo económico no nace con la IA. Ya estaba ahí. Lo que cambia es su escala y su facilidad de ejecución. Si un medio puede comprar una pieza generada por IA a un cuarto del precio de un reportaje con trabajo de campo, la presión sobre las tarifas es inmediata. Y si esa pieza pasa desapercibida, el editor aprende que puede obtener «suficiente calidad» sin pagar por el proceso. El estándar se degrada no por mala fe, sino por incentivo económico. Y esa degradación no afecta solo a quien la ejerce. Afecta al mercado completo.
Los commissioning editors ahora tienen que gestionar un riesgo reputacional nuevo. No basta con evaluar el texto final. Necesitan verificar que el freelancer existe, que tiene trayectoria verificable, que sus fuentes son reales, que el proceso de reporting ocurrió. Esto añade fricción y coste a una relación que tradicionalmente se basaba en la confianza acumulada. Algunos editores empiezan a pedir pruebas de trabajo: grabaciones de entrevistas, capturas de correos con fuentes, borradores intermedios. Eso funciona como red de seguridad, pero también convierte cada encargo en una auditoría.
Cuando la confianza se vuelve transaccional
Cuando cada encargo requiere demostrar que ocurrió, la relación cambia de naturaleza. El freelancer deja de ser colaborador y pasa a ser sospechoso por defecto. La confianza deja de ser acumulativa y se vuelve transaccional. Cada nuevo trabajo exige las mismas pruebas que el anterior, aunque lleves años entregando bien. Esa conversión tiene coste: desconfianza sistemática, fricción operativa, erosión de la relación profesional.
La pregunta operativa es: ¿qué mínimos de «prueba de proceso» son razonables sin paralizar el flujo editorial? Si pides demasiado, encareces y ralentizas la colaboración. Si pides poco, asumes riesgo. La conversación ya no puede evitarse, aunque no haya respuesta única que funcione para todos. Y esa conversación cambia la relación contractual: ya no es solo «te pago X por este texto», es «te pago X por este texto más la certeza de que hiciste el trabajo».
Esto también afecta a la negociación de tarifas. Si parte del trabajo se automatiza, el freelancer puede argumentar que su productividad subió. Pero si el editor tiene que invertir más tiempo en verificación, el coste administrativo también sube. ¿Quién absorbe esa diferencia? No es trivial. Un freelancer que usa IA para acelerar tareas mecánicas (transcripciones, primeros borradores, búsqueda de datos) sigue siendo un profesional. Un perfil falso que genera piezas sin salir de un prompt no lo es. Pero el texto final puede ser indistinguible. La diferencia está en el proceso, y el proceso ya no es transparente por defecto.
Esto no es un problema técnico que se resuelve con mejor software de detección. Es un problema estructural sobre qué verifica un medio cuando contrata a alguien. Durante décadas, la verificación fue implícita: si alguien tiene portfolio y referencias, asumimos que sabe trabajar. Ahora esa suposición es insuficiente. Pero tampoco podemos convertir cada encargo en una investigación forense. Estamos en un punto en el que las reglas antiguas no funcionan y las nuevas todavía no están claras.
Tres respuestas editoriales y sus costes
Algunos medios empiezan a trabajar solo con freelancers que conocen personalmente o que vienen referidos por otros editores. Eso cierra el mercado y perjudica a profesionales nuevos que sí hacen el trabajo pero no tienen una red consolidada. Otros recurren a agencias de verificación de identidad. Eso añade una capa burocrática y coste. Cada solución introduce un coste distinto: cierre del mercado, burocracia o riesgo asumido. Ninguna resuelve el problema de fondo.
La cuestión de fondo no es si la IA debe o no usarse en periodismo freelance. Muchos profesionales legítimos la usan y mejoran su trabajo con ella. La cuestión es cómo reconstruimos la confianza en un ecosistema donde la identidad y el proceso ya no son verificables por defecto. Mientras eso no se resuelva, la tentación del contenido barato sin reporting seguirá activa. Y con ella, el riesgo de que el estándar del mercado freelance se degrade no por colapso, sino por erosión gradual.
Si el texto puede simularse y la identidad fabricarse, lo único que queda por verificar es el criterio. Y el criterio, si no se hace visible, deja de existir para quien paga por él.