El poder también se ficha

El nombramiento de Dina Powell McCormick como presidenta y viceconsejera de Meta no es una anécdota corporativa ni un ajuste fino de gobernanza. Es una señal. Y, como todas las señales relevantes, no va dirigida al público general ni a los titulares tecnológicos, sino a un conjunto muy concreto de interlocutores que saben leerla. Cuando una empresa tecnológica elige a determinadas personas para ocupar posiciones estratégicas, no solo cubre funciones internas: define el tipo de mundo con el que espera relacionarse.
Si hasta ahora el relato dominante en torno a la inteligencia artificial se ha sostenido sobre una idea sencilla: quien tuviera mejores modelos, más talento y mayor capacidad de iteración dominaría el campo. Esa lógica empieza a mostrar grietas. No porque haya desaparecido la competencia técnica, sino porque ha dejado de ser suficiente. La IA a gran escala ya no se juega solo en laboratorios y centros de investigación, sino en capacidad material, estabilidad política y financiación a largo plazo. Y ese desplazamiento obliga a las empresas a hablar otro idioma.
La pregunta, entonces, no es por qué Meta ficha a una figura con trayectoria política y financiera, sino por qué ahora. Y la respuesta no está en el currículum, sino en el contexto.
Cuando la tecnología deja de bastarse a sí misma
La inteligencia artificial ha cruzado un umbral silencioso. Ya no es un problema de eficiencia marginal ni de ventaja competitiva incremental. Los límites actuales no están en el código, sino en el suelo, la energía, los permisos, el capital paciente y la capacidad de negociar con Estados. Construir centros de datos que operen a escala masiva implica décadas de planificación, acuerdos energéticos complejos y una relación estable con instituciones públicas.
Ese cambio altera la naturaleza del poder tecnológico. Cuando la infraestructura se vuelve crítica, la autonomía empresarial se reduce. La empresa necesita al Estado, y no como regulador o cliente, sino como socio material. En ese punto, el perfil técnico deja de ser el centro de gravedad. Lo que importa es la capacidad de moverse en espacios donde el mercado no decide solo, donde el tiempo no se mide en trimestres y donde la legitimidad pesa tanto como el capital.
Los nombramientos como mensajes cifrados
Los grandes fichajes no son neutros. Funcionan como mensajes cifrados dirigidos a audiencias específicas: gobiernos, fondos soberanos, actores financieros de largo plazo, reguladores energéticos. No dicen «vamos a innovar más», sino «sabemos con quién tenemos que hablar ahora y cómo hacerlo».
En este sentido, los nombramientos se convierten en una forma de diplomacia corporativa. No se ficha experiencia técnica, sino credibilidad contextual. Alguien que no necesita aprender el lenguaje del poder institucional porque ya ha operado en él. Alguien que no ve la complejidad política como un obstáculo, sino como el terreno natural de la negociación.
Este tipo de perfiles no optimiza procesos internos ni acelera el desarrollo de producto. Cumple otra función: reduce la fricción en escenarios donde la fricción es inevitable, pero gestionable. Y esa capacidad es decisiva cuando la IA deja de ser una promesa y se convierte en infraestructura crítica.
Dina Powell McCormick como perfil funcional, no biográfico
Analizar este nombramiento como una biografía sería un error. Lo relevante no es la suma de cargos, sino el tipo de problemas que ese recorrido permite abordar. Seguridad nacional, diplomacia económica, banca soberana, relaciones con capital institucional: no son áreas dispares, sino piezas de un mismo tablero.
Meta no necesita a alguien que entienda cómo funciona la inteligencia artificial. Necesita a alguien que entienda cómo se negocia cuando la inteligencia artificial se vuelve asunto de Estado. Cuando el despliegue depende de acuerdos energéticos, de alianzas con fondos soberanos y de una lectura fina del clima político internacional, el perfil adecuado no es el del innovador, sino el del traductor entre sistemas de poder.
En ese sentido, el fichaje no habla de ideología ni de afinidades personales. Habla de funcionalidad. De la capacidad de sentarse en mesas donde se decide a largo plazo y donde la lógica puramente empresarial no basta para cerrar acuerdos.
Del lobbying tecnológico al poder híbrido
No es un fenómeno nuevo ya que las grandes plataformas tecnológicas están acostumbradas a tener equipos de asuntos públicos para gestionar su relación con reguladores y gobiernos. Pero era un modelo defensivo: responder a la presión normativa, cuidar la reputación, evitar sanciones. Ese planteamiento ha quedado atrás.
Lo que emerge ahora es otra cosa. No se trata de influir en reglas ya existentes, sino de coproducir las condiciones materiales que hacen posible una tecnología. Infraestructura, energía, financiación y estabilidad política forman parte del mismo paquete. La empresa ya no pide permiso para operar; negocia las bases sobre las que podrá hacerlo durante décadas.
Este desplazamiento normaliza una forma de poder híbrido, donde lo privado y lo público se entrelazan de manera estructural. No es necesariamente opaco ni conspirativo, pero sí transforma el equilibrio tradicional. La IA no se defiende en el debate público; se construye en acuerdos técnicos y financieros que rara vez ocupan titulares.
Dos movimientos paralelos, una misma dirección
En paralelo, otras empresas han empezado a organizar la adopción de la IA como infraestructura política: estándares, formación, marcos de uso, acompañamiento institucional. Unas trabajan la capa blanda del sistema; otras aseguran la capa dura. Juntas configuran un ecosistema donde la tecnología no solo se desarrolla, sino que se integra de forma dirigida en la vida institucional y económica.
No es una conspiración ni un plan maestro. Es una convergencia lógica. Cuando una tecnología promete reorganizar trabajo, servicios públicos y toma de decisiones, quienes la impulsan necesitan algo más que superioridad técnica. Necesitan continuidad, previsibilidad y aliados capaces de sostener el proyecto en el tiempo.
La legitimidad como infraestructura invisible
El poder en la inteligencia artificial ya no se mide solo por quién desarrolla los modelos más avanzados. Se mide por quién es considerado interlocutor legítimo cuando esa tecnología necesita gigavatios, décadas y respaldo estatal. Y esa legitimidad no surge de forma espontánea: se construye, entre otras cosas, a través de las personas que ocupan posiciones clave.
Cuando los perfiles adecuados se institucionalizan, el marco que traen consigo se vuelve invisible. Como toda infraestructura que ya nadie discute. Y es ahí donde el poder deja de presentarse como decisión y empieza a operar como normalidad.