Conexión Pública #61

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Este no es un episodio sobre novedades aisladas, sino sobre integración. Sobre cómo cambia el análisis cuando cambia la herramienta. Y, sobre todo, sobre qué ocurre cuando la inteligencia artificial entra en la cadena real de trabajo y deja huella medible en costes, tiempos y poder.
Cuando el proceso también es el mensaje
Desde su origen, Conexión Pública ha insistido en una idea poco cómoda: no se puede analizar una tecnología transformadora desde fuera sin que eso afecte al resultado. Por eso este episodio hace explícito algo que normalmente queda en segundo plano: cómo se hace el propio podcast.
Aquí no hay una única herramienta ni una sola voz artificial. El proceso combina distintos modelos de ChatGPT para escritura, análisis y guionización; Perplexity como apoyo de investigación y contraste; y, desde esta semana, una incorporación clave: NotebookLM. No como experimento puntual, sino como parte estructural del formato.
NotebookLM no solo “lee” documentos. Los analiza, los conecta y, en este caso, los convierte en conversación con audio real. A partir de ahora, el análisis de los artículos semanales ya no lo hace una persona en solitario, sino dos inteligencias artificiales que han leído, procesado y discutido los textos entre sí.
La decisión no es técnica, sino editorial. Porque una de las tesis de fondo del proyecto es que la IA no debe ser solo objeto de análisis, sino herramienta activa del análisis. Trabajar con ella dentro del proceso permite observar qué cambia. Y lo que cambia no es solo la velocidad o la escala, sino el tipo de preguntas que se formulan.
Este episodio parte de ahí: de una inteligencia artificial que ya no está en fase de demostración, sino de integración real. Y de un ecosistema que empieza a pedir menos fascinación y más juicio.

El poder detrás del discurso ético
Hay trayectorias personales que funcionan como radiografías de una época. La de Mustafa Suleyman es una de ellas. Cofundador de DeepMind, impulsor temprano de la ética en la IA y hoy máximo responsable de Microsoft AI, su recorrido condensa una tensión central de este momento tecnológico: la distancia entre los valores proclamados y el ejercicio efectivo del poder.
Suleyman fue clave en llevar la IA del laboratorio a la infraestructura real: eficiencia energética, sistemas de salud, aplicaciones a gran escala. También empujó la creación de espacios internos dedicados a ética, gobernanza y impacto social, cuando ese lenguaje aún no era dominante. Durante años, fue una de las caras visibles de la “IA responsable”.
Pero su trayectoria nunca fue cómoda ni lineal. Conflictos internos, denuncias sobre su estilo de liderazgo y su salida del entorno de Google marcaron un punto de inflexión. Tras fundar Inflection AI y apostar por asistentes empáticos, el movimiento decisivo llegó con su fichaje por Microsoft en 2024.
Desde ahí, la lógica cambia. Ya no se trata de pensar la IA, sino de convertirla en producto de consumo masivo: Copilot, Bing, Edge, asistentes con memoria, personalidad y capacidad de acción. El discurso ético no desaparece, pero opera ahora dentro de una de las estrategias empresariales más agresivas del sector.
La figura de Suleyman incomoda porque encarna una paradoja estructural. Si uno de los grandes impulsores del lenguaje ético termina dirigiendo la división de IA de consumo más poderosa del mundo, la pregunta no es personal. Es sistémica: ¿la ética ha ganado peso en el corazón del sistema o ha sido absorbida por la lógica corporativa?
El episodio no ofrece una respuesta cerrada. Pero sí sugiere que esa tensión no es un fallo, sino el signo más claro de la fase en la que entra la inteligencia artificial.

Cuando el chat deja de ser un chat
Durante años, la conversación fue el límite. Pregunta y respuesta. Texto que entra, texto que sale. Con las Apps integradas en ChatGPT, esa frontera se rompe y el chat empieza a parecerse a otra cosa: una capa de orquestación.
Lo que antes eran plugins o GPTs personalizados evoluciona hacia un ecosistema de aplicaciones completas que viven dentro de la conversación. El App Directory permite descubrir, conectar y autorizar servicios externos como si se tratara de extensiones nativas del propio sistema.
La diferencia no es cosmética. Al mencionar una app dentro del diálogo, el modelo guía la conexión y empieza a devolver algo más que texto: tarjetas interactivas, listas accionables, diseños editables o resultados filtrados. Con Spotify, las playlists se guardan en la cuenta real del usuario. Con Canva, el diseño generado se abre después para ser ajustado. Con plataformas inmobiliarias o de viajes, la búsqueda ocurre sin abandonar el contexto conversacional.
Desde el punto de vista técnico, esto se apoya en nuevas capas como el Apps SDK y el Model Context Protocol, que permiten ejecutar acciones reales y coordinar datos de distintas fuentes. Desde el punto de vista estratégico, el movimiento es aún más profundo: ChatGPT se convierte en plataforma de distribución. Las marcas ya no compiten solo por descargas, sino por presencia en el momento en que el usuario formula una intención.
Para quien usa estas herramientas, el cambio es silencioso pero radical. Se deja de abrir aplicaciones para plantear objetivos. El sistema decide qué activar. El trabajo ocurre dentro del diálogo.
No es una función nueva. Es un desplazamiento de la interfaz del trabajo. Cuando el chat deja de ser una ventana y se convierte en el lugar donde las cosas pasan.

Pensar mejor, no resumir más
Una de las trampas habituales al trabajar con IA es pedirle que resuma. Más rápido, más corto, más comprimido. El problema es que resumir no equivale a pensar. Y en contextos de sobreinformación, suele quedarse en la superficie.
El prompt de la semana propone otra lógica: un enfoque inspirado en el Presidential Daily Brief, el formato diseñado para informar a quien tiene que tomar decisiones al más alto nivel. No está pensado para contarlo todo, sino para señalar qué importa.
Aplicado a un día entero de informativos, el proceso cambia. Primero, se introduce todo el corpus sin interpretar. Después, el prompt impone una estructura jerárquica que obliga al modelo a priorizar, extraer implicaciones y elegir. No añade información nueva, pero define cómo debe pensarse la existente.
El resultado no se parece a un resumen cronológico. Se parece a un briefing estratégico: patrones, tensiones, señales débiles. El valor no está en la velocidad de consumo, sino en la calidad del juicio que se puede construir a partir de ahí.
El episodio insiste en un límite importante: este enfoque no elimina errores ni sustituye la verificación humana. Mejora el razonamiento, no garantiza la verdad. Pero demuestra algo clave: el diseño del encargo pesa tanto o más que el modelo utilizado.
Diseñar bien el tipo de pensamiento que se le pide a la IA es, hoy, una forma de criterio profesional.

Cuando la IA entra en producción
La inteligencia artificial deja de ser promesa cuando aparece siempre en el mismo sitio: dentro de la cadena real de trabajo. Los tres casos analizados esta semana lo muestran con claridad.
En el ámbito audiovisual, Netflix integra modelos generativos en efectos visuales y planificación de rodaje. No para sustituir talento, sino para acelerar fases críticas, reducir costes y permitir iteraciones tempranas. La IA no está al margen; forma parte del proceso.
En el sector financiero, Citigroup ha pasado del discurso a la automatización con métricas: liberación de miles de horas semanales, despliegue de agentes con alcance definido y retirada de aplicaciones internas redundantes. El aprendizaje es claro: el diferencial no está en el modelo, sino en la arquitectura y la gestión del cambio.
En la industria farmacéutica, Novo Nordisk ha reducido drásticamente los tiempos de documentación clínica mediante la integración de IA, atacando un cuello de botella administrativo sin tocar el núcleo científico. Con una advertencia constante: validación humana y métricas claras.
Tres sectores distintos, una misma señal. La IA no sustituye de golpe a las personas. Reconfigura procesos clave allí donde el tiempo, el coste o la complejidad se habían convertido en freno. Y eso es lo que marca el inicio del cambio real.

Criterio en lugar de ingenuidad
Este episodio de Conexión Pública no habla de futuros lejanos. Habla de presente. De una IA que se integra, que exige decisiones y que deja cada vez menos espacio para la ingenuidad.
Las herramientas se vuelven invisibles. Los procesos se aceleran. Y el criterio humano, lejos de desaparecer, se vuelve más necesario que nunca. Porque cuando la tecnología deja de ser demostración y pasa a ser infraestructura, lo que está en juego ya no es la capacidad, sino la responsabilidad.
Escuchar este episodio es una invitación a observar ese cruce entre tecnología, poder y cultura con algo menos de fascinación y algo más de método.